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Trabajo de secundaria

junio 8, 2008

Antes tenía un blog donde publicaba muy esporádicamente mi creación literaria. Sin embargo, ahora he decidido que todas esas cosas las pondré en este mismo blog. Este cuento fue escrito en diciembre de 2007 y está basado en una historia real. Por supuesto, he corregido algunos pequeños errores a la hora de colgarlo aquí. El resultado me gustó y espero que a ustedes también. Saludos.

Trabajo de secundaria

-Maestra, ¿le permite salir a Fulano?

Sabía a lo que se atenía. Sus piernas temblaban debajo del pupitre cuando escuchó esas palabras. Desde fuera del aula hablaba un chico pálido y delgado, muy bien peinado y muy bien portado: el favorito de todos los maestros. La profesora hizo una seña y Fulano se levantó de su asiento, salió del salón y escuchó las burlas de sus compañeros, los siseos y los “uuh” mientras la profesora gritaba para callarlos.

Caminaron por los pasillos durante un minuto. Fulano lo había cronometreado: desde su salón hasta el baño era un minuto, caminando sin prisa, como en ese momento. El chico pálido entró primero y él entró después.

Fulano se había pasado todo el camino observando sus pies, y no se dio cuenta sino hasta ese momento que el otro chico también estaba temblando. No había nadie en el baño, como no había nadie en los pasillos. Estaban en medio de una hora de clase, así que estaban relativamente solos.

-Bueno…

Esa muletilla sonó para Fulano como una molesta regla de metal cayendo al suelo. Se había perdido observando sus agujetas, como esperando que le hablaran, cuando el otro chico habló. Se encerraron en el cubículo después de mirar hacia todos lados varias veces, y el chico pálido se desabrochó el pantalón. Fulano se hincó y observó el pálido miembro de su compañero. Nunca había visto otro que no fuera el suyo y el de los actores porno que, por lo general, lo tenían enorme, y no le pareció la gran cosa; a ojímetro calculó que debía medir unos catorce centímetros, apenas un poco menos que el suyo propio.

Se lo metió a la boca con asco y saboreó algo salado. Luego, cerrando los ojos muy fuerte, lamió y succionó como si fuera un dulce, repitiéndose para sus adentros “es un dulce, es un dulce”.

De pronto, escuchó el grito ahogado del otro chico y abrió los ojos; el pálido lo empujó con brusquedad y se subió los pantalones, mientras Fulano quedaba aturdido, hincado en el asqueroso suelo, junto al inodoro. La puerta del cubículo se abrió y el rostro del conserje se tornó en una mueca extraña entre asco y asombro.

Fueron a caer en la oficina del director y no salieron de ahí hasta que las madres de ambos llegaron. Las dos mujeres profirieron gritos y amenazas, luego fueron calmadas por el señor viejo y bigotón que tenía esa escuela a su mando y finalmente hubo un diálogo tenso y molesto en el que ninguno de los dos muchachos participó.

Las cosas quedaron así: el chico pálido elevaba hasta el cielo la imagen de la escuela, así que fue dispensado. Fulano fue expulsado, aunque a todos se les dijo que se había mudado de ciudad y que por eso había dejado la escuela. Eso fue cierto: la madre se llevó a Fulano a vivir a la capital, donde había tanta gente que se mareaba. A nadie se le contó el incidente, y el conserje recibió una interesante suma de dinero que aseguraba mantenerlo más mudo que una jirafa.

Cuatro años después, cuando Fulano iniciaba sus estudios de licenciatura, se volvieron a encontrar. El muchacho pálido estudiaba arquitectura en la universidad, y Fulano estudiaba ingeniería, así que estaban bastante cerca uno del otro. Sólo conversaron una vez, y Fulano se enteró que el otro había salido del clóset en la prepa y que, a pesar de que su madre lo había corrido de la casa, estaba muy bien, pues vivía con otro muchacho mayor y trabajaba en las tardes como mesero en el bar donde su novio bailaba. Al final de su plática, le pagó a Fulano los cincuenta pesos que le había prometido durante la secundaria por el trabajito y se despidió de él, con una enorme sonrisa en la cara.

Y Fulano nunca más tuvo experiencias con otro hombre, pues se sentía bastante convencido de su gusto por la mujer. De todas maneras, practicó durante un tiempo yoga, con la esperanza de, algún día, alcanzar…

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5 comentarios

  1. ¡Yo conozco a Fulano!… es amigo o hermano de Perengano, ¿no?


  2. Hermano. Pero están peleados, así que no se hablan y fingen no tener hermanos. Lo que pasa es que Perengano es… raro, y Fulano quiere aparentar ser lo más normal posible. Perengano tiene un hijo que se llama Harry.


  3. Muy buena historia Fulano, digo, Francisco!!! 😀

    Saludos!
    Mario


  4. No, yo no soy Fulano. En primer lugar, soy cien por ciento homosexual; en segundo, es por todos bien sabido que soy tan virgen que podrían sacrificarme a Tlaloc y sería capaz de hacer un nuevo diluvio, eso debido a mi enorme desprecio por la visión frívola del sexo (sí, yo soy un cursi que quiere hacer el amooooour xD).


  5. Deberías ofrecernos más a menudo tus trabajos literarios, tus narraciones breves. El final de este es un poco pocho. Me refiero a la última frase del yoga: siento que rompe el ritmo de la historia con una especie de “boutade”.



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