Archive for the 'Literatura' Category

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La increíble y triste historia de Fargok y las etimologías

Mayo 11, 2008

(Jamás un título había sido choteado tantas veces, pero no puedo evitarlo; simplemente, ¡me encanta! xD)

Cuando yo era un chilpallatito idiota, demostraba un potente interés en el lenguaje (y, por eso, cuando le dije a mi amá que quería ser Letrero el lugar de Biólogo, no se sorprendió): un interés científico. Siempre quería yo saber de dónde venían las palabras, a tal grado que, dado que termómetro viente termos, temperatura y metron, medida (o algo por el estilo), yo preguntaba estúpideces tales como “Mamá, ¿de dónde viene silla? ¿Si de qué y lla de qué?” Sí, era un poco idiota, pero vamos, yo apenas y sabía escribir. Mis papás, hartos de mis preguntas (como todos los papás del mundo) compraron un diccionario etimológico para que, cada que preguntara por una palabra, ellos pudieran decir “¡Búscalo en el diccionario!”

Cuando yo entré a la prepa, la Universidad cometió una de las mayores estupideces del mundo: cambió el plan de estudios de preparatoria. Y no es que el plan no se pudiera o se tuviera que cambiar, no estoy en contra de los cambios… pero los cambios deberían ser para bien. El nuevo plan de estudios fue hecho en una noche y con las patas y eso se ve reflejado en la abundancia de materias de relleno (que ningún maestro puede dar y en las que no se aprendía nada), la desvalorización de materias de cierta importancia (como etimologías…), el alto egreso de estudiantes y el bajo ingreso de estos mismos al nivel superior (que demuestra lo obvio -y lo que la Universidad nunca dirá-: el nuevo plan está hecho para que sea más fácil terminar la prepa).

Uno de los grandes errores, marcado hasta el cansancio por más de uno de mis profesores de preparatoria, fue eliminar la matería conocida como Etimologías del plan normal y doblegarla a ser una materia optativa, que llevas sólo si quieres y que, además, sólo es tres horas a la semana (a diferencia de la mayoría, que se imparten cinco horas a la semana). Etimologías es -decían mis profesores- una materia fundamental; con razón se daba en primer semestre (ahora se lleva en quinto y nada más si quieres).

Sobra decir que esperé ansiosamente a que llegara quinto semestre para cursar esa materia. Y llegó, pero justo entonces se atravesó una obra de teatro que mis amigos y yo presentamos en distintos espacios académicos y no académicos (unos diez); el periodo de nuestra pequeña gira fue uno de los mejores que he pasado y, definitivamente, lo mejor de la preparatoria. Como le dábamos tanto presitgio a la escuela, no es necesario aclarar que todas las faltas estuvieron muy justificadas y, además, mi profesor de Etimologías era un tanto barco, así que acredité la materia con buenas notas, pero sin tener casi ninguna clase. Y, obviamente, sentí que no aprendí nada.

En primer semestre de licenciatura volví a tener un curso de Etimologías… ¡qué felicidad! El profesor era un filósofo que hablaba como muppet, pero que un amigo a quien le dio clase de griego en preparatoria me aseguró era muy bueno. Y tal vez era muy bueno, pero eso no lo podré saber, pues apenas y tuvimos unas tres o cuatro clases cuando empezó a faltar. Ese semestre, por un capricho más de nuestra Alma Mater (el de adaptar el calendario al de la SEP), duró muy poco, causando gran estrés a los profesores, que debían de dar lo que se da en seis meses en apenas cuatro. Pero mi profesor de Etimologías, después de dos meses continuos de faltar, demostró no estar estresado en absoluto. Un buen día llegó el Coordinador de la Licenciatura a darnos la triste noticia: desde hacía un mes nuestro profesor ya había renunciado, porque había encontrado un trabajo mejor pagado (yo me pregunto: ¿por qué esperaron un mes para decírnoslo?). La solución era llevar la materia intersemestral, estudiar por nuestra cuenta y presentar un examen de Estudios por Competencias o llevar un minicurso express impartido por el propio Coordinador; esta última opción fue la elegida. Por supuesto que salí del minicurso express con unas buenas notas que no expresaban mi sentir frente a la materia: el de completa ignorancia.

Dos veces llevé Etimologías; dos veces se perfilaron para convertirse en mi materia favorita; dos veces el destino atentó para que yo no aprendiera ni madres. Así es la vida de cruel.

Esa fue, damas y caballos, la increíble y trite (sí, trite) historia de su amoroso servidor y las estúpidas etimologías. Ya qué, a ver si luego la tomo como oyente, cuando haya llegado un profesor permanente (¿o será acaso una especie de Defensa contra las Artes Oscuras de la Facultad de Humanidades? Por lo que sé, ése era el primer -y único- año que el susodicho profesor impartía tal materia).

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Cuando un Best Seller es buena literatura

Abril 20, 2008

¿Por qué El código Da Vinci es malo?

¿Es malo porque su narración es sencilla, agradable y fluida? Claro que no. Una crítico soberbio podría decir que sí, pero no es cierto. El grado de dificultad de la lectura no son factores que determinen la calidad de una novela (la concordancia entre tema, público y dificultad, sí).

¿Es malo por tratar un tema polémico y, además, de manera poco realista? Claro que no. Uno puede escribir sobre elefantes voladores que destruyen al Vaticano y violan a la Virgen y hacer una verdadera obra de arte. El tema no es un factor que determine la calidad de una novela.

¿Es malo por las incongruencias históricas y por los terribles errores a la hora de describir la arquitectura y las obras de arte? Claro que no. Existe una cosa llamada contrato de veridicción; no porque sea imposible que existan los Oompa Loompas Charlie y la fábrica de chocolate es una mala novela. La congruencia entre el mundo real objetivo y el mundo ficcional no es un factor que determine la calidad de una novela (si así fuera, TODAS, y cuando digo TODAS quiero decir todas con mayúsculas, TODAS las novelas serían malas).

Estas cosas no hacen de El codigo Da Vinci una mala novela. Tampoco la hacen buena; en realidad es entretenida, como una película palomera, pero no es trascendental en la literatura, es una más del montón, pero mala… Bueno, en realidad es mala. Pero, ¿qué la hace mala? Si no es el tema, ni el estilo, ni la incongruencia, ¿qué hace de El código Da Vinci una mala novela?

Bueno, cada crítico tendrá su opinión, pero para mí -que ni me acerco a ser pseudo crítico- es porque El codigo Da Vinci es una novela pretenciosa.

Es una página, y, particular, dos líneas, la razón de que que sea mala:

“Todas las descripciones de obras de arte, edificios, documentos y rituales secretos que aparecen en esta novela son veraces.” (p. 11)

Estas palabras están fuera del discurso narrativo. Su función es informativa y no estética. Brown, en estas líneas, miente. Y no se supone que en un discurso como éste se digan mentiras. Brown, en estas líneas, demuestra que su afán no es artístico; demuestra que lo quiere es joder a la gente (y la Santa Iglesia cayó en la trampa, pues más le hubiera valido ignorarlo); demuestra, pues, que sus intenciones son engañar. Dan Brown, en estas líneas, da fe de toda su pretención.

Ahora algunos dirán: “¡Gooooey! ¡Estás hablando de un tema pasado de modaaaaa!”, y tendrán razón, pero en realidad al hablar de El código Da Vinci sólo quiero dar una introducción a lo que realmente quería decir, y que diré en el próximo post, por razones de espacio, tiempo y otros eufemismos para decir hueva.

Nos vemos.