Vi, por tercera vez en mi vida, tu torso desnudo. En ese instante sentí que el aire se me iba de los pulmones y la fuerza de las piernas. Sentí nauseas y una enorme dificultad para respirar. No podía pensar claramente y mis manos temblaban.
Ahí estaba tu cuerpo casi desnudo. Y sus comentarios. Sus comentarios que estúpidamente sentí que eran sólo para mí “muéranse de envidia”, ¡muérete de envidia! ¡Muérete de envidia, Fargok, porque nunca, entiende, nunca será para ti! ¡Muérete de envidia porque este cuerpo es mío y de nadie más!
Después de eso apagué con dolor la computadora, me recargué contra el escritorio y volví a llorar (¡yo no quería volver a llorar en tan poco tiempo!). Después volví a prender la computadora y salí de mi cuarto. Bajé las escaleras y, para cuando estaba en el jardín, ya estaba corriendo. Y corrí, corrí, corrí durante un minuto o menos, tan rápido que casi me caigo. Mis piernas no me obedecían: sólo corrían con toda la furia de mi corazón.
Entonces volví a mi cuarto e inmediatamente mis dedos comenzaron a escribir furiosamente, terriblemente, mientras trataba de borrar de mi mente la imagen de tu pecho desnudo con esas dos palabras que nunca serán para mí.
Perdóname.










